LA FEMINIZACION DE LA IGLESIA ¿Por qué los hombres no asisten a las iglesias?

El siguiente es un extracto del libro: “No es fácil ser hombre” Capítulo 8

Autor: Robert Hicks  de Editorial Betania

Examine los porcentajes que hay de hombres y mujeres, y la verdad se hace evidente. Las mujeres ejercen un poder tremendo en todas las iglesias por su mera fuerza numérica.

En la tradición católica, los hombres rezan a María; en la protestante, el consejo de unos pastores a otros es no enfrentarse jamás al «grupo de señoras». Sea cual sea la tradición, las mujeres son quienes realizan la mayor parte del ministerio intercesor, y no me refiero a la oración. Me dicen que las mujeres leen el ochenta por ciento de todos los libros cristianos; incluso aquellos que, como este, van dirigidos a los hombres, lo compran para sus maridos.

El doctor Lyle Schaller, famoso asesor eclesiástico en los Estados Unidos, señaló un cambio de tendencia que a él personalmente le preocupaba, y que describió como “la feminización de la iglesia en casi todas las denominaciones”  Schaller observó que entre el sesenta y el sesenta y dos por ciento de los asistentes a los cultos del domingo son mujeres. Y que en aquellas actividades que reflejan directamente la vida de una congregación, la brecha entre los sexos resulta todavía mayor.

Un domingo por la mañana, durante el culto, miré a mi alrededor y me pregunté: ¿Hay algo aquí que atraiga realmente a los hombres? ¿Que sea característicamente masculino?

¿Cómo se explica esta diferencia? Un domingo por la mañana, durante el culto, miré a mi alrededor y me pregunté: ¿Hay algo aquí que atraiga realmente a los hombres? ¿Que sea característicamente masculino? Me fijé en las túnicas, las flores y las cosas que se repetían, con las cuales no se podrían identificar la mayoría de los hombres. Luego me dieron una comida bastante escasa. Después de venir por primera vez a mi iglesia, cierto amigo judío me dijo: «El Señor no pone una mesa demasiado buena en vuestra iglesia; yo creía que los judíos éramos roñosos. Pero al menos alimentamos bien a nuestra gente».

Ciertamente el cuadro ha cambiado desde la Última Cena, cuando Jesús disfrutó de una buena comida con sus amigos más íntimos en el relajado y confortable ambiente del Aposento Alto y dio a la misma un nuevo significado espiritual. Hoy en día, este acontecimiento simbólico de suprema importancia se ha reducido a un mero formalismo sin nada lo suficientemente terreno como para que la mayoría de los hombres lo «palpen».   

 

Contrastando con esto, uno de los cultos de comunión más memorables que haya experimentado nunca tuvo lugar en las llanuras desérticas de Australia. Como no había pastor, los hombres de la iglesia se turnaban para dirigir el servicio de Cena, y el día que yo asistí lo hizo un rudo minero. Tenía todas sus notas apuntadas en fichas y en medio de la ceremonia se le cayeron todas al suelo. El, tratando de recobrar la compostura, hizo un vano intento de colocarlas de nuevo en orden.

Finalmente se echó a llorar y dijo: «¡Y yo que quería hacer un trabajo bien hecho para el Señor! » Cuando miré a mi alrededor descubrí que no había nadie que no estuviese llorando, y me dije: ¿Y no es esto la comunión? ¿No se trata de traer nuestro quebrantamiento al quebrantamiento de Cristo y buscar en Él la aceptación y el perdón que tanto necesitamos?

Después del culto asamos todo un cordero y lo compartimos entre nosotros.
Las dos imágenes están muy lejos una de otra en cuanto a distancia y concepto: uno de esos cultos tenía flores, era formal y predecible; el otro, sencillo e imperfecto dejaba lugar para los errores y la fragilidad humana. Yo sugeriría que uno era femenino y el otro masculino. ¿Qué es lo que ha producido esta feminización a gran escala de la iglesia, que hace que los hombres se sientan tan fuera de lugar en ella? Algunos tal vez discutan este comentario mío acerca de los varones, puesto que hay muchos hombres «en la iglesia»; sin embargo, lo que estoy tratando es si ellos se sienten o no a gusto allí.

¿Qué es lo que ha producido esta feminización a gran escala de la iglesia,
que hace que los hombres se sientan tan fuera de lugar en ella?

Mientras escribía este libro, mi esposa y yo asistimos a un estudio para matrimonios junto con otras varias parejas. En el grupo estaban representadas muchas tradiciones cristianas y distintos niveles de compromiso. Cuando me pidieron que mencionara los capítulos del presente volumen, di una panorámica de cada uno de ellos y, al llegar a este, utilicé el primer título que tenía. «Por que los hombres odian la iglesia». De todos los capítulos que había nombrado, este fue el que despertó mayor reacción. Varios hombres dijeron piadosamente: «Pues a mí me gusta la iglesia». Sin embargo, al proseguir la conversación terminaron siendo más sinceros. Y uno de ellos reconoció: «Sí, jamás me he sentido realmente a gusto en ella. Siempre me siento como un extraño». Al dar la vuelta al círculo, y para sorpresa de sus mujeres, todos los hombres manifestaron sentimientos parecidos. Creo que pueden ser varias las razones de dichos sentimientos.

El ministro como modelo de virilidad espiritual

Primeramente, la mayoría de los hombres se comparan a sí mismos con la imagen del ministro religioso. El retrato que los medios de comunicación hacen de él es uno de los ejercicios más perpetuados de lavado cerebral sistemático. Con frecuencia el ministro es un sacerdote o alguien de ese tipo, vestido con atuendo diferente y, naturalmente, los productores suelen elegir a un hombre afeminado y de aspecto inocuo para representar el papel. Por lo general, aparece en escenas de poca trascendencia, ya sean bodas o entierros, pero, incluso, esas escenas dejan paso rápidamente a la «verdadera» acción. En ciertas películas, como El Exorcista, el ministro puede echar fuera demonios (un trabajo con el que los hombres se identifican realmente) o ser un antiguo pistolero, como en cierto filme de Clint Eastwood. Mientras escribo no puedo recordar ninguna descripción reciente de lo que considero una vida normal de ministro religioso. Para el espectador medio, los ministros viven en el anonimato, en la periferia de la vida, y sólo aparecen como adorno en bodas, entierros e invocaciones presidenciales.

Para el hombre promedio los ministros religiosos llevan una vida imposible de comprender, con la cual sienten que no tienen mucho en común.

Para el hombre promedio los ministros religiosos llevan una vida imposible de comprender, con la cual sienten que no tienen mucho en común. Probablemente, la mayor parte de los laicos se pregunten qué es lo que un ministro hace a lo largo de todo el día y si verdaderamente trabaja duro. ¿Cómo podrían saberlo? Creo que muchos hombres de negocios de la iglesia tienen sospechas persistentes de que su ministro no se gana el sueldo y piensan: ¿No estaría bien contar con un empleo en el que sólo se trabaja un día a la semana?

 

Esta percepción no es correcta, pero las fantasías difícilmente mueren. La mayor parte de los hombres se identifican muy poco con cualquier cosa que haga el ministro durante todo el día.

Pero el verdadero problema está en el hecho de que este fantasma que vive en la periferia de la vida, el ministro religioso, se convierte para las esposas y las mujeres en general en el modelo tanto de la espiritualidad como de la hombría. El pastor es un hombre perfecto, el varón espiritual por excelencia, como toda esposa desearía que fuese su marido.

Este es un aspecto aterrador del ministerio: saber que las mujeres de la congregación están constantemente comparando a los hombres como yo con sus propios esposos. Si supieran cuán a menudo me gustaría estar en el lugar de sus maridos: libre de la absurda mezquindad que muchas veces caracteriza a la iglesia y con la posibilidad de ganar más dinero. Asimismo, debido a que la mayoría de los varones de la iglesia no buscan la oportunidad para conocer personalmente a su pastor (no creen que haya nada en él con lo cual identificarse) y que muchos ministros no desean que se los descubra (que se sepa que son simplemente como los demás hombres), el sexo masculino no sabe nada acerca de la verdadera vida de un ministro. Por tanto, el hombre de iglesia promedio da por sentado que la valoración de su vida que hace su mujer utilizando como norma al pastor es la adecuada.

Según dicha norma, él siempre se queda como: es menos espiritual, tiene un compromiso menor y sabe muchísimo menos de la Biblia.

El hombre que ocupa el púlpito se convierte así en un sutil enemigo para la mayoría de los varones adultos. Su vida no tiene ningún atractivo para otros hombres y, si son sinceros, quizá se sientan incómodos con alguien de su sexo que sabe poco de finanzas, del mundo real y de las tentaciones a las que ellos se enfrentan cada día.

 

Recuerdo que en cierta ocasión estaba en casa de uno de mis primeros maestros en la vida cristiana. Como recién convertido, aprendí mucho de él, y apreciaba realmente su efecto en mí. Como él iba a salir de la ciudad, permitió que utilizáramos su casa para una cena. No habiendo sido educado en la iglesia, ni conocido a ningún ministro en mis veintiún años de vida, no sabía lo que podía esperar en la casa de un pastor.

La idea que tenía era que se trataba de alguien que oraba y leía la Biblia durante todo el día y supongo que esperaba que su hogar reflejara ese cuadro.

¡Que si quedé decepcionado! Allí no había ningún cuadro de Jesús y sus niños tenían juguetes-incluso armas-mientras que en el garage estaban apilados los equipos de esquí. Ahora doy gracias a Dios por aquellas tempranas impresiones en mi alma. El era un hombre y no un fantasma afeminado. Me podía identificar con él. Había un punto de contacto masculino.

El Dr. Donald Joy habla del “varón deformado como norma en nuestra sociedad”, el cual ha adoptado dos perfiles: uno, el del macho que lucha con su deformidad compensando sus inseguridades con una «actuación» viril en vez de ser realmente masculino; el otro, el del varón afeminado que ha renunciado a ser hombre y escapa de su virilidad por sentirse más cómodo con el lado femenino de la vida.

 

Tanto el uno como el otro necesitan ver ejemplos de la masculinidad normal.

 

El ministro religioso ocupa una posición fundamental en nuestra cultura para ejemplificar al mismo tiempo la masculinidad y la espiritualidad realistas. Sin embargo, para que esto suceda tiene que haber un cambio de mentalidad a ambos lados del púlpito o del altar. El hombre promedio se pregunta: ¿Qué tengo yo en común con este hombre y por qué debería escucharlo? Los nuevos varones, aquellos bebés de la posguerra que han sido educados —si no víctimas de un lavado de cerebro— para pensar que la integridad está más relacionada con la vulnerabilidad que con el rendimiento, preguntan: < ¿Eres real? ¿Luchas con lo que yo lucho? ¿Vas a ser sincero conmigo en cuanto a tu vida interior? >

Esto parece fácil de solventar, pero recuerde mi afirmación de que aun los pastores se sienten fuera de lugar en la iglesia. Los domingos jamás son sencillos. Mientras un grupo quiere y valora  la vulnerabilidad y la sinceridad, (Ser abiertos a otros) el otro tiene expectativas imposibles acerca del pastor. Probablemente se trate de una cuestión de edades, pero no siempre es así. Ese otro grupo desea tener la seguridad de que el pastor es aquel modelo de la vida espiritual que ellos estiman y juzgan oportuno. Naturalmente, la forma que esto toma en una congregación y en otra no concuerda, pero es algo que siempre está presente. Ya se trate de su manera de predicar, de lo rápido que devuelve las llamadas telefónicas, de lo temerosos de Dios que son sus hijos o de cuán comprometida sea su mujer, se espera de él que sea el hombre modelo de la congregación. Obviamente, ningún hombre puede cumplir ambas expectativas sin ser insincero con un grupo o sin que el otro lo considere un fracasado.

 

Un amigo mío describió cierta experiencia personal que tuvo con la junta de su iglesia. Como su pastor, estaba comprometido con la vulnerabilidad y sinceridad en el púlpito, a fin de poderse identificar con los problemas de la congregación. Su ministerio creció y la gente acudió en tropel a la iglesia. Sin embargo, en una de las reuniones de ancianos, la junta lo regañó por dar la impresión a los creyentes de que no era malo tener problemas matrimoniales y porque al expresar los suyos hacía pensar a algunos que no se estaba calificado para el ministerio.

Creo que sólo los laicos pueden resolver esta tensión. Si se quiere hacer lo necesario a fin de alcanzar y ganar a los hombres para la iglesia, los líderes deberán decidir si prefieren en sus ministerios la apariencia de perfección o la sinceridad. Pienso que esto ayudaría muchísimo a que los varones estuvieran más a gusto en un lugar incómodo. Una de las razones por las cuales los hombres no se sienten cómodos en la iglesia es que no lo están tampoco con los ministros ni con el tipo de vida que ellos ejemplifican.

Un plan de Juego poco claro

Otra de las razones por las cuales a los hombres les resultan tediosos los domingos es que no comprenden el juego. A los varones les gusta contar con un liderazgo claro y saber cuáles son las reglas del juego a las que se está jugando. En ausencia de éstas, cada hombre debe imaginarse qué está intentando hacer el pastor y de qué se trata eso de la iglesia.

A los varones les gusta contar con un liderazgo claro y saber cuáles son las reglas del juego a las que se está jugando en la iglesia.

Un ministro necesita por lo menos tres años de estudios para descubrirlo y luego pasa el resto de su vida tratando de llevarlo a la práctica. El hombre de la calle no tiene ninguna pista, especialmente si se ha convertido en la madurez. ¡Cierto hombre me dijo que cuando empezó a asistir a la iglesia pensaba que las epístolas eran las esposas de los apóstoles! Y yo le contesté: ¿Quiere decir que no lo son?» La iglesia puede ser un lugar muy confuso, y los pastores no son muy buenos comunicando sus expectativas.

 

Como preparación para una de las conferencias de Lausana sobre evangelismo, se le pidió a Ford Madison, un hombre de negocios de Dallas, EE.UU., que hablara sobre el papel de los laicos en la evangelización mundial. Madison encuestó a varios de dichos laicos que estaban muy activos en sus propias iglesias a fin de tener una idea sobre qué cosas pensaban éstos que sus pastores esperaban de ellos. La pregunta que les hizo fue: «¿Qué piensa usted que su pastor espera que haga como laico? Ford dice que quedó sorprendido de los resultados. La expectativa número uno era que diesen más dinero. La número dos, que asistieran a todos los programas de la iglesia y los apoyaran. La número tres, expresada con las propias palabras de Ford: «No muevan la barca».

La expectativa número uno era que diesen más dinero.

La número dos, que asistieran a todos los programas de la iglesia y los apoyaran.

La número tres: «No muevan la barca».

¡Qué triste comentario es ese de que el hombre promedio de la iglesia no pueda comprender lo que el pastor quiere realmente de él más allá de su contribución a la ofrenda y a los programas que se anuncian a la congregación!

Estoy seguro de que si se les hubiera hecho esa misma pregunta a los ministros, éstos habrían respondido: «Queremos que los hombres crezcan en su relación con Cristo, lleven una vida que glorifique a Dios, o que cultiven buenas relaciones familiares».

Se trata de un problema de percepción. Los hombres entienden la iglesia de cierto modo y actúan en consonancia con su manera de percibirla. Si ésta es errónea, sus acciones también lo serán.

Para salvar esa brecha, los pastores necesitan comunicar mejor lo que piensan y traer a los hombres al centro de la razón de ser de la iglesia. Los varones adultos de la congregación necesitan reconocer que su principal responsabilidad no es dar dinero o apoyar los programas, sino realizar ellos mismos el ministerio. Una vez que los hombres entienden de lo que trata la iglesia y toman parte personalmente en el ministerio de ésta, se encuentran a gusto en ella. Saben cuál es el fondo de la cuestión.

Richard Halverson, pastor destacado y ahora capellán del Senado de los Estados Unidos, dijo en cierta ocasión a un grupo de ministros:

 

He conocido tres clases de hombres de iglesia. Los primeros son los hombres de iglesia. Viven y trabajan para la congregación local. Siguen fielmente los programas, dan su dinero, arreglan las cosas relacionadas con el aspecto físico de la misma y se aseguran de que todo funcione como es debido. La segunda clase está formada por los hombres de iglesia mundanos. Asisten a la iglesia y dan sus ofrendas simbólicas, pero viven para el mundo, el mundo de los negocios, de la profesión y de las metas personales El tercer grupo lo integran los hombres de iglesia del mundo. Aunque están en la iglesia se extienden más allá de la misma, hacia la gente. Estos apoyan los programas, pero preferirían involucrarse en un ministerio personal en el mundo. Están dispuestos a enseñar en la Escuela Dominical, pero sus corazones se inclinan por los grupos pequeños o por dirigir una reunión de oración en la empresa. Ven los intereses de Dios como lo que pueden hacer por otros en el mundo.

 

Yo añadiría que los hombres de esa tercera clase son pocos por una razón. La mayoría de los varones se sienten más a gusto haciendo en la iglesia las cosas relacionadas con la planta física y las finanzas. Las perciben como más masculinas. Sin embargo, puesto que en la mayoría de las congregaciones hay que hacer estas cosas, muchos pastores encuentran difícil mover a los hombres más allá de las mismas y explicarles esos otros objetivos más importantes a largo plazo. Pero creo que si los ministros son capaces de aclarar sus metas para la iglesia, los hombres podrán dirigir sus energías a otra cosa que no sea el tratar de deducir por sí mismos cómo deben servir a su iglesia y a su Dios.

Hay una cuestión relacionada con ésta. Algunos hombres que han estado en la iglesia no quieren volver a ella. No estoy hablando de los escépticos, los herejes o aquellos que se fueron a consecuencia de la disciplina eclesial, sino de varones adultos que han sido fieles a los programas de la congregación y dado dinero como muestra de su amor a Dios, pero que han sufrido o se han quemado.

Muchos hombres han sufrido en la iglesia a causa de proyectos de construcción o de reuniones de junta; por la manipulación de sus pastores o de las esposas de estos; debido a una inversión muy grande de su tiempo, energía y dinero en algo que luego se ha vuelto contra ellos. Estos hombres todavía están en la iglesia, pero no sienten entusiasmo por ese hecho ni se encuentran cómodos allí.

Otros están agotados. Su lema es: «Ya he cumplido mi tiempo. Ahora que sirvan algunos de los más nuevos o jóvenes». El Dr. Howard Hendricks me ha dicho en numerosas ocasiones que puede ver esta población creciente en el campo evangélico. Hablando en conferencias de laicos y retiros para hombres por todo el país, se ha dado cuenta de la ausencia de los varones mayores de cincuenta años. Es como si toda una sección de los hombres de la iglesia hubieran abandonado cualquier esperanza en la misma. No porque tengan creencias opuestas, ni porque hayan sufrido en ella. Simplemente están cansados. Todavía están en la iglesia, pero los que en otro tiempo participaron en la tarea activa ahora se hallan al margen, contemplando la acción.

 

Considere el escenario típico. Digamos que se trata de un hombre que no ha tenido la ventaja (otros dirían el impedimento) de haberse criado en la iglesia, sino que tomó su decisión personal a través de algún ministerio dirigido a estudiantes de enseñanza secundaria o universitaria. Se casa, empieza a tener hijos y siente la necesidad de que su familia se integre en una iglesia. Busca alguna que tenga programas para diferentes edades, los cuales se ajusten a sus hijos, y su esposa desea ciertas actividades para mujeres. Encuentran una iglesia completa y se comprometen gustosamente con ella. Casi a los treinta años de edad, el hombre está dirigiendo una clase de adultos y, junto con su esposa, llevan a cabo un estudio bíblico para matrimonios en casa. Cercano a los treinta y cinco, ya tiene las suficientes canas como para que se le considere diácono. Lo eligen para el cargo y empieza a ocuparse de los necesitados de la iglesia. Cuando alcanza los cuarenta años de edad, reúne los requisitos para ser anciano. Dedica diez años a ese ministerio y, como los hijos ya han dejado el hogar, él y su esposa piensan seriamente en pasar más tiempo en la playa o la montaña. Ya cumplió su tiempo. Jugó al juego de la iglesia y lo hizo bien. Pero ahora, a los cincuenta años de edad, ¿adónde más puede ir? ¿Qué más tiene para él eso que llamamos cristianismo?

Mi conclusión es que el tal hombre puede muy bien no haber conocido en absoluto un ministerio bíblico. Hoy en día tenemos la iglesia tan institucionalizada que resulta difícil para los varones adultos pensar en un ministerio a menos que el mismo se encuentre regulado en algún manual eclesiástico. ¡Parece como si dichos manuales los hubieran escrito gente cómo Moisés o el apóstol Pedro!

Tengo la convicción de que una de las razones por las cuales los hombres aguantan tantas discusiones pedantes y de poca importancia en las reuniones de los comités (aunque jamás las tolerarían en sus propios negocios) es que éstas son el único sitio en la iglesia donde se encuentran a gusto. Al menos una reunión de consejo, en la que los hombres se juntan alrededor de una mesa para tratar los temas de la congregación, tiene un formato que les es familiar. Un anciano me dijo que necesita pellizcarse en medio de algunas reuniones de la iglesia debido a que no difieren en nada de las de su empresa. Aparte de comenzar con una oración o tener un breve devocional, la sesión en sí es siempre igual.

La iglesia está usando e incluso abusando de los talentos y el tiempo de los hombres, mientras rehúsa formarlos en el amor a Dios y una vida de servicio a su Maestro.

Necesitamos hacernos una pregunta fundamental: ¿Es de esto de lo que trata la iglesia? Yo sostengo que no. No podemos mantener comprometidos a los hombres con esas reuniones hasta que se mueran. Dichas reuniones pueden llevarlos a una muerte prematura y no les estamos dando ninguna visión de lo que es toda una vida de servicio. La iglesia está usando e incluso abusando de los talentos y el tiempo de los hombres, mientras rehúsa formarlos en el amor a Dios y una vida de servicio a su Maestro. Por consiguiente perdemos a nuestros líderes más maduros a causa del cansancio y porque no hay nada para ellos en la iglesia aparte de lo que ya han hecho.

Hasta que los hombres no consideren el ministerio como algo más que asistir a una reunión o tomar decisiones, continuaremos perdiendo a los mejores varones. En un librito que escribiera en 1947, Elton Trueblood preguntaba: «¿Cómo es que la iglesia no consigue a los mejores hombres?» Su pregunta me intrigó y la respuesta que daba todavía me persigue: «Porque son los mejores… A los mejores hombres no les interesan las cosas triviales». Esta afirmación resulta profundamente dolorosa, pero alberga una cierta ironía.

(En el año 1947)… Elton Trueblood ya preguntaba:

«¿Cómo es que la iglesia no consigue a los mejores hombres?»

Cuestiones no resueltas con el padre

Como se ha indicado en varias ocasiones, los temas referentes al padre obsesionan a nuestra masculinidad, estemos en el momento de la vida que estemos. Aunque muchos forcejean con el asunto de la ausencia generalizada de los varones en la iglesia, algunos se han preguntado si ello puede responder a cuestiones sin resolver con los padres terrenales que tuvimos. Después de todo, Dios es nuestro Padre y si el mensaje en cuanto a los padres no me resulta tan positivo, el Padre celestial no me será muy atractivo.

Algunas de las conexiones teológico-sicológicas de este tema me han fascinado en el contexto de esta discusión. Al viajar y hablar en muchos tipos diferentes de iglesias, he notado cuáles son las clases de congregaciones que tienen una mayor representación de hombres. Casi unánimemente, las iglesias que cuentan con más varones son aquellas en las que los hombres ven al pastor como un líder vigoroso. También he descubierto en ellas cierta tendencia a un mayor control del comportamiento de los miembros y un concepto de Dios que destaca la santidad y la soberanía divinas. ¿Se sienten más atraídos los varones por una imagen de Dios que les recuerda a su propio padre distante, austero y controlador? No puedo demostrar esta aseveración, pero suscita algunas cuestiones interesantes para el debate.

Dicho sea de paso, sí puedo predecir que las iglesias que hacen hincapié en un Dios de amor, de gracia, de misericordia y de compasión contarán con más mujeres que hombres. En buena medida, los varones consideran débiles esos atributos. Cierto psicólogo (que pidió no ser nombrado) me dijo que en su experiencia como consejero, cuanto más inseguro resulta un hombre, tanto más se preocupa de las cuestiones del control y por consiguiente tanto más calvinista es en su teología. No me gusta sicologizar los sistemas de creencias, pero tengo que reconocer que he llegado a conclusiones semejantes.

 

Si los hombres se sienten más atraídos por aquellas iglesias donde son habituales el control, un liderazgo fuerte y un Dios distante y trascendente, ¿qué podemos inferir de ello? ¿Deberíamos simplemente ofrecer a los varones un programa con el que se sintieran cómodos o abordar el tema de cómo nuestros propios problemas de desarrollo relativos a nuestro padre han contribuido a darnos un determinado concepto de Dios y de la iglesia?

Habiendo servido en muchas instituciones cristianas y formado parte del personal de varias iglesias, he llegado a la conclusión de que un sinfín de hombres jamás han sido afirmados en su masculinidad por sus padres y, por tanto, son mayormente incapaces de expresar eso mismo con otros varones. En sus informes, estructuras organizativas, prácticas y enfoques normalizados de los problemas, rehuyen las relaciones vulnerables y solicitas. Gordon Dalbey dice al respecto: «Este instinto básico masculino de controlar las relaciones por medio de reglas tiene implicaciones profundas y ciertamente nefastas para la iglesia, ya que socava el mismo corazón del evangelio». Ellos son como su Dios: distantes, controladores, rígidos, «deseando» sin emociones el curso de la acción. Son como sus propios padres.

Tal vez tengamos que decir a los hombres: «Ser vulnerables no es malo. Dios controla las cosas y al mismo tiempo es compasivo. ¡Sin la compasión divina el mundo entero estaría fuera de control!» Y aunque los hombres todavía pueden estimar que se trata de un mensaje débil, al menos resulta más saludable y, según creo, teológicamente más acertado. También es posible que debamos ayudar a los varones a resolver los problemas reales que tienen en cuanto a sus padres humanos.

¿Cómo podemos reclamar a los hombres para el reino de Dios y hacerlos entrar por las puertas de la iglesia?   Me gustaría tener una respuesta segura…

¿Cómo podemos reclamar a los hombres para el reino de Dios y hacerlos entrar por las puertas de la iglesia? Me gustaría tener una respuesta segura, pero al concluir este capítulo hay dos imágenes que me vienen a la mente. Una de ellas es con la que empecé: esa iglesia estéril, fría, formal, llena de flores, donde más de la mitad de los asistentes son mujeres. La otra es el partido de fútbol más reciente que experimenté -¡y digo bien: experimenté! Al mirar al auditorio pude descubrir que habían muchos más hombres que mujeres. ¿Y cómo vestían? ¡De cualquier manera! Algunos tenían el aspecto de corredores de bolsa, otros de carniceros. ¿Cómo se comportaban? ¿Eran inactivos, callados, impasibles, unos caballeros refinados? ¡En absoluto! Se mostraban comprometidos, gritones, enfadados, vocingleros, jubilosos. Y pensé para mí: Aquí tenemos el mundo de los hombres: un lugar donde pueden expresarlo todo, ser ellos mismos, vestir como quieran sin que por ello se les impida entrar. ¡Y realmente vale la pena venir!

¿Pero qué pasa con la iglesia?

Allí un hombre no puede ser él mismo: tiene que cuidar lo que dice, actuar como es debido y vestir un traje y una corbata bien planchados y que hagan juego. Entonces me di cuenta: Todos estamos vestidos a la manera que quería mamá- ¡Somos niños buenos, limpios, sentados y calladitos para no tener problemas con nuestras madres!

¿Estoy sugiriendo que convirtamos la iglesia en un partido de fútbol? Desde luego que no (después de todo alguien podría salir herido), pero sé que los hombres asistimos a algo y pagamos por ello cuando nos sentimos identificados. Resulta obvio que eso no sucede con la iglesia, de modo que sigo pensando en el partido de fútbol.

Tal vez haya alguna forma de hacer que eso que llamamos iglesia sea más atractivo para los hombres y que nuestros domingos resulten un poco menos fastidiosos. Quizá si pudiésemos tener…

Tal vez haya alguna forma de hacer que eso que llamamos iglesia sea más atractivo para los hombres y que nuestros domingos resulten un poco menos fastidiosos. Quizá si pudiésemos tener nuestra propia fe privada, una con la que de veras nos identificáramos -y no esa versión feminizada que se ve en tantas congregaciones- la masculinidad espiritual nos resultaría más fácil. Pero también aquí parece que las cuestiones relativas a la virilidad son tan inquietantes como en las demás áreas…

 


NOTA FINAL:  Todo lo subrayado o negrillas o recuadrado es nuestro. No obstante el capítulo N°8 es inquietante. ¿Por qué a los hombres no les gusta la iglesia? Tal vez no tengamos todas las respuestas. Tal vez no estemos de acuerdo en todos sus conceptos. Lo bueno es que este artículo nos hace pensar. Si al pensar descubrimos algo que nos sirva de ayuda para poder ser más efectivos en nuestro ministerio a los hombres, entonces vale el esfuerzo.  Les recomiendo comprar y leer todo este Libro. Examinen todo retengan lo bueno. RENE ZANETTI

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